¿Es Jesús Quien El Dice Ser?

Cada uno de nosotros debemos contestar esta pregunta para nosotros mismos, "¿Es Jesús quien El dice ser, o es El un impostor?"

Temprano en su ministerio,. El advirtió a esos quienes conocieron su secreto, no decirlo a nadie, porque El supo que cuando las noticias salieran sería muerto por blasfemar clamando ser Dios. (Mateo 16:20) Aún esos cercanos a El tuvieron dificultad en descubrir su verdadera identidad.

Juan el Bautista vió a Jesús como el Cristo (Mesías), mientras lo bautizó. Vió al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y una voz del cielo dijo, "Este es mi Hijo amado." (Mateo 3:16) El siguiente día vió Juan que Jesús venía a él y dijo, "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." (Juan 1:29) Más tarde el mismo Juan tuvo dudas y envió dos de sus discípulos para preguntarle ¿eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? (Mateo 11:2-3)

Andrés dijo a su hermano Pedro, "hemos encontrado al Mesías, que traducido es el Cristo." (Juan 1:41) Pedro estuvo presente ese día en la montaña con Jesús cuando de nuevo una voz dijo, "Este es mi Hijo amado." (Mateo 17:5) Pedro pasó tres años con Jesús y, en su última cena juntos, él afirmó a Jesús como "el Cristo, el Hijo del Dios viviente." (Juan 6:69) Aún cuando Jesús fué arrestado, Pedro negó a El diciendo que no le conocía. (Mateo 26:72)

Los discípulos escucharon dos veces decir a Dios, "Este es mi Hijo amado" pero ellos no entendieron todo.

Jesús dijo, "he venido en el nombre de mi Padre." (Juan 5:43) "Si a mi me conociéres, también a mi Padre conocerías." (Juan 8:19) A los líderes religiosos judíos no les gustó esa manera de hablar. Este hombre ordinario cuyos padres ellos conocieron, también decía que "Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios." (Juan 5:18) Por esta afirmación el fué arrestado y traído a juicio. Ellos le preguntaron si El era el Cristo, el Hijo de Dios, y El respondió, "Sí es como tú dices." (Mateo 26:63-64) Poca sorpresa que dieron muerte a El. ¡El clamó ser Dios!

Los judíos como usted vé, estuvieron buscando por el Mesías predecido por los profetas del Viejo Testamento, uno que sería un gran rey de Israel. Cuando ellos coronaron sus reyes, siempre los ungieron con aceite como una señal de parentezco. Los nombres "Cristo" en Griego y "Mesías" en Hebreo ambos significan "El Ungido" porque los judíos estuvieron expectando un rey terrenal, ellos no tuvieron manera de conocer que El sería un Rey de corazones, un "Rey de Reyes y Señor de Señores," quien en un tiempo futuro gobernará al mundo entero. (Apocalipsis 19:16)

Los nombres dados al niño Jesús nos ayudan a identificarlo. Isaías nos dió un nombre cientos de años antes de su nacimiento, (Isaías 7:14) el mismo Dios dijo a José que llamara a su hijo venidero "Emanuel, que interpretado significa Dios con nosotros." (Mateo 1:23) El nombre mismo predijo que El en realidad estaría vivo entre nosotros como un hombre, después como un Espíritu en los creyentes, y en un tiempo futuro retornaría para gobernar como Rey de toda la tierra. (Zacarías 14:9)

Nacido en un pesebre, El llegó a Jerusalén montado en un asno para atender Su fingida ceremonia de coronación como "Rey de los judíos." Cuando fué arrestado por blasfemo, una corona de espinas fué puesta en Su cabeza para burlarse de su afirmación de Rey. Si usted y yo hubiéramos vivido en Israel en el tiempo de Cristo, ¿hubiéramos reconocido quién era Jesús? Lo dudo, probablemente hubiéramos pensado que los líderes religiosos conocían mejor que nosotros acerca de estas cosas. Aún hoy, a pesar de toda la evidencia a lo contrario, muchos niegan que Cristo es un miembro verdadero de la Divina Trinidad.

Pero los verdaderos cristianos conocen quién es Jesús. ¿Cómo lo sabemos?

"El nos ungió, nos ha sellado, y puso su Espíritu en nuestros corazones como un depósito garantizando que está por venir." (2 Corintios 1:22) ¡Podemos sentir su presencia en nuestros cuerpos!

Jesús verdaderamente es quién El dice que es, de otra manera El murió en vano. (Gálatas 2:21)

Traducido por Peter y Lilliam Bakker


© 1999, Doreen Palmer

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