El no perdonar a otros, nos trae más problemas de lo que pensamos.
Somos rápidos en encontrar fallas cuando otros nos han hecho algo ó cuando pensamos que ellos tienen algo malo. Sin embargo; todos somos lentos en perdonar y olvidar. Nosotros siempre estamos seguros de que la otra persona estaba equivocada en un 100%, más nosotros éramos inocentes. Nosotros no queremos ver honestamente en nuestros corazones nuestro error, ó escuchar la voz de nosotros en desacuerdo. No estamos escuchando la voz de Jesús."No Juzgueís para que no seaías juzgados." (Mateo 7:1)
Cuando juzgamos a otros, nosotros traemos juicio sobre nosotros mismos, Por condenar al hermano o a la hermana, nosotros nos condenamos a nosotros mismos. "Porque con el juicio con que juzgaís, sereís juzgados; y con la medida con que medís, os será medido." (Mateo 7:2)
Te preguntarás, ¿cómo me condeno yo solo? Nosotros no entendemos porque no comprendemos las leyes de Dios acerca de la siembra y la cosecha. "No os engañeís, Dios no puede ser burlado, pués todo lo que el hombre sembrare, eso también segará." (Gálatas 5:7)
Si damos amor, recibiremos amor. Si nosotros sembramos odio, recibiremos odio. Y así sigue la lista. Nuestro problema empezó cuando Eva quiso ser como Dios, conociendo el bién y el mal. Ella quiso hacer el juicio de sobre que estaba bién y que estaba mal. Desde entonces, el hombre está seguro de que puede distinguir la moral del universo sin la ayuda de Dios. Así es como ha comenzado la mortal filosofía humanística.
Juzgamos el mundo, juzgamos a otros, y nos juzgamos a nosotros mismos usando nuestro entendimiento humano en lugar de recurrir a las leyes que Dios nos dió. Nosotros queremos ser Dios. La oración que El Señor quiere que oremos dice: "Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores." (Mateo 6:12)
Cuando hemos estado mal, o pensamos que estamos mal, mosotros pedimos perdón y no hacemos juicio acerca del asunto. No estamos pidiéndo ser jueces, ni abogados acerca de quién fué la falta. Todo lo que estamos pidiendo es perdón. Somos aliviados de la culpa cuando somos perdonados. Jesús dijo: "no te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete." (Mateo 18:22) Dejemos que sea Dios el que juzgue.
"No os vengueís vosotros mismos, amados míos, sinó deja lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré dice el Señor." Así que si tu hermano tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber, pués haciendo ésto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza." No seaís vencido de lo malo, sinó vence con el bién el mal." (Romanos 12: 14-21)
Si fracazamos en perdonar, el juicio viene en formas variadas. Una raíz de amargura que crece en nosotros nos causa problemas emocionales y fisícos. Alguién en el ministerio de sanidad notó que "la amargura," y la "falta de perdón" a menudo impide la sanidad en las líneas de oración.
Ira y amargura que han estado ahí por mucho tiempo, a menudo nos enferman física y emocionalmente, y siempre sufrimos las consecuencias de nuestros pecados. No debemos juzgar, pero sí estar de acuerdo a perdonar a otros y perdonarnos a nosotros mismos. Pero si pedimos a Dios que nos perdone, no debemos permitirle al diablo, nuestro acusador, (Apocalipsis 12:10) que continúe acusándonos.
Jesús murió para hacernos libres del pecado y la culpa, así que si seguimos sintiéndonos culpables después de haber sido guíados al arrepentimiento por el Espíritu Santo, (Romanos 2:4) podemos estar seguros de que la acusación no proviene de Dios, sinó del maligno.
Hay personas que enseñan que "ya Dios es un Dios de amor. El nunca debería actuar como juez. Ellos no creen en la Biblia como está escrita. Sin embargo, si elaboran sus propios mandamientos de hombres, que invalidan las leyes del Dios verdadero. Es porque Dios ama al mundo tanto. Que El manda su juicio sobre él para deshacerse del pecado; el cual es intolerable para El. Ahora el juicio viene sobre el mundo, porque hemos venido rechazando al Dios vivo y único que nos dá la ley, y el juicio y la salvación por medio de Cristo.
Traducido por Maribel Ayala
© 1999, Doreen Palmer