En las páginas de la Biblia se echa mano de la descripción de la vestimenta a efectos de representar nuestra condición espiritual muestra de nuestra rectitud, o bien su ausencia.
La primera aparición de esta figura se da en el Génesis en el momento en que el hombre toma conciencia de su pecado. Primero intentó ocultarse de Dios, para después esconder su desnudez con hojas de higuera y así liberarse de su culpa. Dios, en Su misericordia, sabía que tal atuendo no brindaba calor ni protección, por lo que Él les hizo túnicas de piel. (Génesis 3:7-21) La muerte de ese primer animal fue el comienzo de los sacrificios de animales que se realizaron para complacer a Dios por parte del hombre.
El hombre siempre intenta lidiar con el pecado y la culpa mediante sus propios métodos, métodos con los que no alcanza su cometido. Sólo a través de la muerte de Jesús, el Cordero, nos hallamos vestidos con Su sangre y por ello somos justos.
El padre, en la parábola de Jesús sobre el hijo pródigo, recibe a su vástago descarriado poniéndole el vestido más rico (Lucas 15:22). Nuestro Padre también nos pone "los vestidos de la salvación... el manto de la justicia" (Isaías 61:10) cuando nos arrepentimos y nos volvemos hacia Él.
Las túnicas que los soldados romanos colocaron a Jesús antes de morir eran de color rojo o púrpura. El rojo representa la sangre, en tanto que el púrpura significa realeza-—calidad de Rey. Isaías había profetizado que Sus vestiduras serían rojas, salpicadas con la sangre del pueblo (Isaías 63:2-34) porque "eran nuestros sufrimientos los que llevaba, nuestros dolores los que le pesaban" (Isaías 53:4). Sin embargo, Isaías dijo que ocultaríamos nuestro rostro ante él (Isaías 53:3). ¿No nos recuerda esta profecía de la ocultación ante Jesús la de Adán ante Dios al cubrirse con hojas de higuera? Isaías anunció que Jesús nos pondría vestidos de salvación-—¡Él nos salvaría! ¡El vestido sería nuestro manto de justicia, no nuestros actos sin valor alguno, representados por las hojas de higuera!
A partir de las analogías entre la vestimenta y la justicia vemos que el hombre es incapaz de salvarse por sí mismo. Isaías dijo que "Somos como impuros, y todas nuestras obras buenas como un lienzo manchado, todos hemos caído como hojas" (Isaías 64:6). El sabía que el hombre necesitaba un salvador, y predijo que Jesús lo sería al morir por los pecados de la humanidad.
En la visión del apóstol Juan sobre el futuro, relatada en el Apocalipsis, también se recurre a la vestimenta como elemento descriptivo de la condición espiritual de quienes perseveran hasta el final. Allí podemos leer que ellos "han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero" (Apocalipsis 7:14) Ello nos da el derecho al árbol de la vida (Apocalipsis 22:14). El blanco representa la pureza de los santos, de quienes saben que sólo Jesús puede purificarlos y blanquearlos, que jamás podrán ser lo suficientemente justos por sí mismos para llegar a estar ante Dios Todopoderoso.
La exigencia que aparece en el Antiguo Testamento según la cual debemos mantenernos inmaculados por fuera para liberarnos del pecado es profecía del día en que el interior del hombre sería purificado. La ley mosaica exigía obediencia expresada a través de la acción externa; Jesús exige la entrega total del corazón. Por ello, en tanto que ya no se nos impone una maldición por no cumplir la ley, la desobediencia deliberada de la voluntad de Dios por parte del cristiano renacido será castigada. (Hebreos 10:26-29) Dios juzga a los cristianos hoy por su falta de obediencia para que sean purificados por el rapto de la iglesia. El ama a quienes corrige (Hebreos 12:6).
La armadura espiritual necesaria para proteger nuestros corazones de los dardos de Satanás es "la coraza de la justicia" (Efesios 6:14). Porque somos tan propensos a pecar que sólo la muerte del Cordero puede salvarnos. ¡Resulta imposible ser la pura e inmaculada esposa de Jesús sin primero habernos lavado en Su sangre!
Nuestra condición espiritual, representada en las vestiduras, depende por completo en nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesús. ¡Sin ella, estamos desnudos, (Apocalipsis 3:17-18) llenos de culpa (Génesis 3:10), y malditos (Génesis 3:16-19) como Adán y Eva!
Traducido por Guillermo Pereyra
© 1999, Doreen Palmer